Dejé mis sentimientos aparcados en el cajón de mi mesita de noche, junto a las líneas de ese diario que aquel día dejé de escribir. Es difícil pasar página, aun más cambiar de libro; yo simplemente lo abandoné. Eché el cerrojo y lo imaginé invisible a mis sentidos, pensando que así tal vez la llave acabaría en el fondo de algún camino perdido. Me equivoqué. Las heridas aun escuecen como aquel gélido invierno, a pesar de estos cuarenta grados de primavera que ya llevamos. Y estas lágrimas delatan el recuerdo de aquellos buenos momentos que tanto empeñé en esconder. Pero sonrío esta vez, pues ésta será la primera página de mi nuevo libro.